lunes, 10 de marzo de 2014

LA PERSONA PASIVA

LA PERSONA PASIVA

En el lado completamente opuesto nos encontramos con la persona pasiva, que tiende a sacrificar constantemente sus necesidades por los demás. Es un buen blanco para que la gente se aproveche de ella, incluso hasta los que no son agresivos por naturaleza. Sencillamente, parece que el pasivo fomente esta actitud en las personas con las que se relaciona.

En otras generaciones se suponía que las mujeres tenían que ser sumisas; pero desde hace relativamente poco tiempo se ha aceptado que la mujer sea asertiva y competitiva. En este sentido, el progreso de la mujer se ha visto entorpecido por la acción de hombres que ocupan puestos prominentes y que, por edad o por educación, siguen aferrados a las viejas ideas 'obre el «lugar que ha de ocupar la mujer».

En tales empresas aunque la mujer tenga talento, sea eficiente y responsable, es extraordinariamente difícil que llegue a la cima. Sin embargo, es posible que a medida que los miembros de esta vieja jerarquía se vayan retirando, las mujeres tengan más oportunidades de compartir las responsabilidades profesionales con los hombres.

La persona pasiva sufre enormemente a causa de sus sentimientos de inseguridad e inferioridad. Carece de autoestima y no confía en sí misma o en sus habilidades. Cada vez que entra en contacto con el agresor se refuerzan sus sentimientos de inferioridad. Tiende a aceptar las críticas sin preguntarse si son justificadas o no.

Puesto que se da cuenta de que deja que los de más se aprovechen de ella -y lo hace habitualmente-, la persona pasiva suele experimentar bastante ira. Sin embargo, esta ira no se dirige hacia la persona o personas que se están aprovechando de ella, si no hacia sí misma por permitirlo. No obstante, no suele hacer nada al respecto, cree que «no vale la pena», que nunca la van a tomar en serio ni podrá hacer lo que quiere. Esto, a su vez, provoca una grave frustración: a fin de cuentas, a nadie le gusta sentirse impotente y mucho menos si se está convencido de que se lo «merece».

La persona pasiva normalmente es bastante buena ocultando sus sentimientos. Va por la vida haciendo ver que todo va bien, mientras siempre está angustia da y teme que sólo sea una cuestión de tiempo el que alguien la ponga en evidencia por su incompetencia. Como podrá imaginar, esto es un regalo para el agresor, que sólo está buscando a alguien que acepte la culpa de todo lo que va mal. ¡Qué lotería encontrarse con la víctima propiciatoria, alguien que realmente crea que todo es culpa suya!

Una persona pasiva también se aparta de los de más, porque siente que no merece relacionarse con seres superiores y que éstos tampoco querrán conocerla. No cree que nadie quiera escucharla, porque cualquier cosa que desee expresar sería trivial, insignificante o errónea.

Intente hacerle un cumplido a una persona pasiva y se dará cuenta de que no puede aceptarlo. Transforma todo elogio en una frase negativa. Por ejemplo, si usted le dice: «Me gusta mucho lo que llevas puesto, te sienta muy bien». En lugar de responder con un simple «gracias» es más probable que conteste: «¿Este trapo viejo? Hace siglos que lo tengo», haciéndole sentir también como un idiota (es decir, negativo).

Debido al estrés y la ansiedad constante que la en vuelve, por no mencionar el miedo a «ser descubierta», este tipo de persona carece de energía y de entusiasmo por la vida. No tiene tiempo para emplearlo en sí misma y se pasa la vida intentando hacer lo que cree que gusta a los demás.

Seguramente pensará que, excepto el agresor, todo el mundo siente solidaridad hacia el pasivo y quiere ayudarle a que tenga una mejor opinión de sí mismo y a que aumente su confianza. De hecho, la mayoría de las personas empiezan de este modo, pero llega un momento en que la solidaridad se convierte en indignación. La gente empieza a desear que imponga, que haga lo que quiere de una vez y tome decisiones propias y, como esto no sucede, acaban sintiéndose irritadas y perdiendo el respeto que tenían por esa persona y la tratan de acuerdo con su conducta.

Estar siempre en contacto con una persona pasiva puede ser exasperante. Hace falta mucha energía para tratar a alguien que siempre es negativo de palabra y de hecho. Es una experiencia agotadora, que te deja exhausto y te obliga a esforzarte para mantener tu propia actitud positiva. El resultado es que la mayo ría de las personas intentan evitar a estos sujetos, a menos que no puedan remediarlo, lo que aumenta sus sentimientos de aislamiento e inferioridad.

También se puede reconocer a la persona pasiva por su lenguaje verbal y corporal típico.

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